R&M Jam Session
Prof. Francisco Javier San Martín
Hay una definición clásica de Jam Session del crítico George Frazier: “Reunión informal de músicos, con afinidad temperamental, que tocan para su propio disfrute, una música no escrita ni ensayada”. Podríamos añadir que es una música ajena a la idea de proyecto, que surge y se alimenta de su propio deseo de hacerse. También una bocanada de humildad compartida que torna el ego individual un poco más transparente. Colaborar es rebajar las expectativas de lo propio para abrirse a las de otros y aprender de ellos. Raisa Raekallio y Misha del Val pintan sus cuadros a cuatro manos en Laponia, con presupuestos semejantes a los de una jam session que se prolonga desde hace varios años, más allá del amanecer blanco, como en el negro Harlem.
He disfrutado en mi casa, en depósito durante varios meses, de un pequeño cuadro fruto de esta colaboración: retrata, en un formato convencional como de foto de carnet, a un animal salvaje, quizás un perro o un oso, en una combinación de ocres dorados y azules gélidos que denotan que ha sido pintado sobre la nieve, con esa fría luz que parece penetrar en todos los resquicios. Más allá de la figura animal, el término que me vino a la mente la primera vez que lo vi en un bar de Bilbao fue incandescente, como de fiebre emocional, cuando la temperatura en una barra de hierro asciende a tal nivel que los rojos cálidos dejan paso a un blanco casi glacial. Y también la idea de que la pintura solo es deseo cálido, incluso en condiciones de temperatura extrema: deseo de repetir lo amado, sea una fiera salvaje que mira fijo, la máscara de una diosa de labios rojos o cuerpos viajando entre constelaciones con estrellas en los tobillos. Ya he devuelto a sus autores el cuadro y ahora los espectadores podrán disfrutarlo en esta exposición en Torre de Ariz, Basauri, y sacar sus conclusiones o, simplemente, temblar ante el animal que ven en la imagen y que posiblemente llevan dentro sin saberlo.
El de R&M es un proceso creativo generado por una relación amorosa a dos bandas: la de los artistas entre sí y la de ellos dos con la pintura. El proceso de seducción se produce en esta fértil zona de intercambio y cristaliza en cuadros pintados en común. Una paleta para mezclar el color, una mesa para comer, un espacio para vivir y trabajar. El amor, los amores, es bien sabido, implican compromiso: en su caso, no solo con el cuadro, sino también con la idea de que la pintura les conduzca a seguir deseando hacer pintura. En este espacio mental y físico, el estudio ya no es únicamente lugar de trabajo, sino también hogar, espacio de intimidad cómplice. Ray y Charles Eames tuvieron el privilegio de construir ellos mismos la casa en la que vivirían y realizarían todo su trabajo en colaboración durante décadas. Quizás es lo mejor a lo que pueden aspirar una pareja de artistas. O, en un contexto más cercano al lugar donde se pintaron estos cuadros, Aino Marsio y su esposo Alvar Aalto, que abrieron en Helsinki las tiendas Artek para comercializar los productos de su colaboración tan racional como emotiva.
R&M siguen la saga, pintando figuras de refugiados galácticos, apátridas cobijados en mantas doradas como el sol del verano ártico. Débiles y dignos, hacinados y solemnes, con la mirada alucinada que refleja su largo viaje, seguramente R&M no saben que son ellos mismos, perdidos en la inmensidad del mundo y encontrados en un rincón de su taller junto al fuego de la chimenea. En un Skype Raisa matiza: mientras pinta a estos apátridas siente emoción contenida y necesita pintarla y alimentarla solo a través de la improvisación: si hay un proyecto estructurado, una idea de peinture à quatre mains, se bloquea esta energía de identificación con los personajes desconocidos y la magia se disuelve en el aire. En cambio, en su opinión, Misha es más estratega y ella dice sentirse cómoda en este reparto de responsabilidades ante el cuadro. Efectivamente, la jam session no implica la disolución de la personalidad de los integrantes en el destino común de la música que van a hacer, sino precisamente la definición más nítida de las potencialidades de cada uno, ese valor personal que sabrá disolver el flujo de lo común.
He disfrutado en mi casa, en depósito durante varios meses, de un pequeño cuadro fruto de esta colaboración: retrata, en un formato convencional como de foto de carnet, a un animal salvaje, quizás un perro o un oso, en una combinación de ocres dorados y azules gélidos que denotan que ha sido pintado sobre la nieve, con esa fría luz que parece penetrar en todos los resquicios. Más allá de la figura animal, el término que me vino a la mente la primera vez que lo vi en un bar de Bilbao fue incandescente, como de fiebre emocional, cuando la temperatura en una barra de hierro asciende a tal nivel que los rojos cálidos dejan paso a un blanco casi glacial. Y también la idea de que la pintura solo es deseo cálido, incluso en condiciones de temperatura extrema: deseo de repetir lo amado, sea una fiera salvaje que mira fijo, la máscara de una diosa de labios rojos o cuerpos viajando entre constelaciones con estrellas en los tobillos. Ya he devuelto a sus autores el cuadro y ahora los espectadores podrán disfrutarlo en esta exposición en Torre de Ariz, Basauri, y sacar sus conclusiones o, simplemente, temblar ante el animal que ven en la imagen y que posiblemente llevan dentro sin saberlo.
El de R&M es un proceso creativo generado por una relación amorosa a dos bandas: la de los artistas entre sí y la de ellos dos con la pintura. El proceso de seducción se produce en esta fértil zona de intercambio y cristaliza en cuadros pintados en común. Una paleta para mezclar el color, una mesa para comer, un espacio para vivir y trabajar. El amor, los amores, es bien sabido, implican compromiso: en su caso, no solo con el cuadro, sino también con la idea de que la pintura les conduzca a seguir deseando hacer pintura. En este espacio mental y físico, el estudio ya no es únicamente lugar de trabajo, sino también hogar, espacio de intimidad cómplice. Ray y Charles Eames tuvieron el privilegio de construir ellos mismos la casa en la que vivirían y realizarían todo su trabajo en colaboración durante décadas. Quizás es lo mejor a lo que pueden aspirar una pareja de artistas. O, en un contexto más cercano al lugar donde se pintaron estos cuadros, Aino Marsio y su esposo Alvar Aalto, que abrieron en Helsinki las tiendas Artek para comercializar los productos de su colaboración tan racional como emotiva.
R&M siguen la saga, pintando figuras de refugiados galácticos, apátridas cobijados en mantas doradas como el sol del verano ártico. Débiles y dignos, hacinados y solemnes, con la mirada alucinada que refleja su largo viaje, seguramente R&M no saben que son ellos mismos, perdidos en la inmensidad del mundo y encontrados en un rincón de su taller junto al fuego de la chimenea. En un Skype Raisa matiza: mientras pinta a estos apátridas siente emoción contenida y necesita pintarla y alimentarla solo a través de la improvisación: si hay un proyecto estructurado, una idea de peinture à quatre mains, se bloquea esta energía de identificación con los personajes desconocidos y la magia se disuelve en el aire. En cambio, en su opinión, Misha es más estratega y ella dice sentirse cómoda en este reparto de responsabilidades ante el cuadro. Efectivamente, la jam session no implica la disolución de la personalidad de los integrantes en el destino común de la música que van a hacer, sino precisamente la definición más nítida de las potencialidades de cada uno, ese valor personal que sabrá disolver el flujo de lo común.